Con un profundo deseo de que toda la humanidad viviera, Dios estableció la gran promesa de la Pascua. La noche antes de su muerte en la cruz, nos dejó su última voluntad, ordenando: “Guardad la Pascua”.
La Pascua, que Dios mismo nos ordenó guardar, nunca puede ser abolida por la autoridad humana. Así como los israelitas, que soportaron una larga esclavitud en Egipto, fueron liberados a través de la Pascua, la verdad de la Pascua es el único camino a la libertad para toda la humanidad, que está atada por las cadenas de la muerte.
Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. […] Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Lucas 22:7–15
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Juan 6:53–54
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