Así como Ciro, rey de Persia, descubrió la profecía sobre sí mismo en la Biblia y se conmovió tanto que liberó a los israelitas del cautiverio y construyó el templo en Jerusalén, también debemos creer en las profecías escritas en la Biblia. Llenos de la misma profunda alegría que Ciro, debemos predicar el evangelio que Dios nos ha mandado con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma.
Como Jesús enseñó a través de la parábola de las diez minas, Él ha prometido un futuro glorioso a aquellos que temen la palabra de Dios: reinarán con Dios por los siglos de los siglos, disfrutando de la gloria eterna en el reino de los cielos, donde ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor.
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. [...] Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Apocalipsis 21:1–4
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